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Autoinmune

Marisol Zúñiga

A pesar de las quinientas lunas sin besar, sin danzar desnudos en camas clandestinas, en los sexos y en las ganas convencidas, insistimos en sospecharle. Como si fuera elocuente degustar al amor sólo en las pantallas.
Como si al amor le hicieran justicia los sudores amargos de cuerpos confinados, que mientras le temen a la muerte, ya están muriendo lentamente.
A pesar de reclamarle a gritos decenas de noches calcinadas, cuando al fin le tocamos, nos montamos en el cinismo y le reprochamos que ande descalzo, como si al amor le gustaran los atajos.
Cobardes le advertimos vacunarlo, desdibujándole así las piernas y las manos. Altaneros le sugerimos considerar la imposibilidad, olvidando que en él encarnan todas las posibilidades juntas.
Le sugerimos la forma, el género y la rutina, ignorantes del sincretismo que le aglutina.
Le retamos a pruebas insolentes, le demandamos la elección y su consecuente delimitación… “Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”.
Sin embargo, mientras temerosos le mediamos los abrazos, él ya nos habría inmunizado hasta los pasos.

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