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Dr. Pablo Quezada

El Año Nuevo: un umbral entre lo que fuimos y lo que podemos ser

El Año Nuevo no es solo una fecha en el calendario ni una celebración marcada por fuegos artificiales y brindis. Es, ante todo, un símbolo poderoso: el instante en el que el tiempo parece detenerse para permitirnos mirar atrás sin prisa y mirar adelante con esperanza. Cada cambio de año funciona como un umbral invisible entre lo vivido y lo posible.
Durante los últimos minutos del año que termina, solemos hacer un balance silencioso. Recordamos los logros, pero también las pérdidas; los sueños cumplidos y aquellos que quedaron a medias. No es un ejercicio de nostalgia, sino de conciencia. Reconocer lo que hemos sido nos da claridad sobre lo que no queremos repetir y, al mismo tiempo, nos revela la fortaleza que hemos desarrollado para llegar hasta aquí.
El Año Nuevo también nos enfrenta a la idea del comienzo. No porque todo sea realmente nuevo, sino porque decidimos intentarlo otra vez. Prometemos cambios, escribimos propósitos y hacemos votos personales que, aunque a veces no se cumplan, reflejan un deseo profundo de mejora. En ese gesto hay algo profundamente humano: la necesidad de creer que siempre existe la posibilidad de transformarnos.
En muchas culturas, el inicio del año se acompaña de rituales: comer ciertos alimentos, usar colores específicos, reunirse con la familia o guardar silencio por un momento. Más allá de la superstición, estos actos tienen un sentido simbólico: nos ayudan a cerrar ciclos y a darle significado al paso del tiempo. Nos recuerdan que no transitamos solos, que el futuro se construye también desde lo colectivo.
Sin embargo, el verdadero valor del Año Nuevo no está en lo que prometemos esa noche, sino en lo que hacemos los días siguientes. El cambio no ocurre de manera automática al sonar las campanas; ocurre en las decisiones pequeñas, cotidianas y persistentes. En la paciencia, en el perdón, en la disciplina y en el cuidado de uno mismo y de los demás.
El Año Nuevo nos invita, más que a exigirnos perfección, a elegir conciencia. A caminar con intención, a aceptar que habrá errores, pero también oportunidades. A entender que cada día es, en realidad, una oportunidad de empezar de nuevo.
Porque al final, el Año Nuevo no llega para cambiarnos la vida en un instante, sino para recordarnos que todavía estamos a tiempo de hacerlo.

*Dr. en Educación