Julieta del Río
Del respeto en el aula al respeto en la red
Cada 30 de enero, el mundo escolar detiene su rutina para recordar algo fundamental: la no violencia y la paz, prácticas que deben vivirse cada día en los centros educativos. Esta efeméride, promovida por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), ofrece una oportunidad para reflexionar sobre cómo educamos a niñas, niños y adolescentes en convivencia, tolerancia, respeto y resolución pacífica de conflictos. Pero también nos invita a pensar más allá de las aulas, hasta donde las nuevas formas de relacionarnos en espacios digitales han mudado silenciosamente nuestras interacciones y, con ello, los riesgos y las oportunidades de vivir en paz.
Cuando pensamos en violencia escolar, tendemos a imaginar el recreo, los pasillos o los salones. Sin embargo, en un mundo hiperconectado, esa violencia ha encontrado nuevas fronteras: los dispositivos y las redes sociales. El ciberacoso, las injurias, la difusión no consensuada de imágenes y datos, y los comportamientos ofensivos en línea son formas de violencia que pueden ser igual de dañinas que la agresión física. Y, al igual que en el patio escolar, requieren de educación, empatía, solidaridad y herramientas concretas de convivencia digital para ser prevenidas y superadas.
Mi trabajo durante años en protección de datos personales me enseñó que el entorno digital es parte del entorno de vida de la infancia y la adolescencia; no es un recreo virtual, sino un espacio donde se construye identidad, se forjan relaciones, se aprende, se convive, pero también se agrede. Para las niñas y los niños, las interacciones en línea pueden ser tan significativas como las que ocurren delante de sus compañeros o compañeras en el salón, y dormir con la sensación de ser juzgado, etiquetado o atacado en ese espacio puede afectar tanto su bienestar como el miedo a entrar a clase.
Por eso, celebrar y reconocer el Día Escolar de la No Violencia y la Paz también implica repensar nuestras prácticas educativas y familiares en un contexto digital. La convivencia y el respeto que promovemos en la escuela deben migrar con naturalidad a las pantallas: es indispensable que niñas, niños y adolescentes aprendan a dialogar con respeto, a gestionar conflictos sin agresión y a reconocer sus emociones y las de otras personas en las interacciones en línea. Esto va más allá de prohibir o sancionar contenidos; implica construir cultura digital, alfabetización mediática y emocional desde edades tempranas.
Y no basta con hablar de convivencia, también debemos educar con responsabilidad y afecto, a las familias sobre las redes sociales así como sus impactos y los cuidados que debemos tener con la información que compartimos y con quién la compartimos. El fenómeno del sharenting, por ejemplo, nos recuerda que publicar imágenes o datos de menores sin su consentimiento puede generar huellas digitales permanentes que comprometen su privacidad y seguridad en formas que apenas comenzamos a comprender.
La protección de datos personales es una herramienta clave para prevenir la violencia digital y para promover el respeto a la dignidad, la identidad y la autonomía de las personas en todos los espacios donde conviven, estén estos físicos o virtuales. Acompañar a niñas y niños para que reconozcan su huella digital, configuren su privacidad de manera responsable, identifiquen señales de ciberacoso y sepan a dónde acudir si algo les preocupa debe ser parte esencial de cualquier política educativa centrada en la paz y el bienestar.
La educación para la no violencia no puede limitarse a un día; tampoco la reflexión sobre cómo nos tratamos entre nosotros en un mundo interconectado. Hoy, el desafío es construir una cultura de paz que incorpore a cada espacio donde hay personas, relaciones y derechos, incluido el digital, para que la convivencia pacífica sea una práctica cotidiana, respetuosa y protectora de todas las infancias y juventudes.



