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Adriana Cordero

El extraño negocio de comprar tiempo

Hace unos días necesitaba hacer el supermercado. Nada extraordinario: leche, fruta, algunas cosas para la casa y esa lista que uno empieza creyendo que tiene perfectamente guardada en la memoria hasta que llega al pasillo equivocado y descubre que ha olvidado justamente aquello por lo que había ido. Durante años hacer el súper significó reservarle un espacio a la semana. Había que vestirse, tomar las llaves, manejar, encontrar estacionamiento, recorrer pasillos empujando un carrito que casi siempre terminaba llevando más cosas de las planeadas, hacer fila, pagar, cargar las bolsas, acomodarlas en el coche y regresar a casa. Esta vez no hice nada de eso. Tomé el teléfono, abrí una aplicación y fui agregando productos mientras hacía otras cosas. Leche. Café. Yogur. Fruta. Detergente. En menos tiempo del que antes me habría llevado solamente llegar a la tienda, la compra estaba hecha. Elegí una hora para recogerla y continué con mi día. Más tarde bastó estacionarme unos minutos para que alguien colocara las bolsas en el coche. Ni siquiera tuve que bajarme. Mientras arrancaba pensé, con cierta satisfacción, que acababa de ahorrarme por lo menos una hora. Tal vez más. Y fue entonces cuando apareció una pregunta que me acompañó el resto del día: ¿qué iba a hacer con la hora que acababa de ganar?
La pregunta me recordó una película que vi hace tiempo en la que el tiempo funciona como dinero. Las personas trabajan para obtenerlo y pagan con él lo que necesitan. Una comida cuesta minutos; alguna otra cosa puede costar horas. La vida entera se convierte en una cuenta regresiva y cada compra obliga a desprenderse literalmente de una parte del tiempo que queda por vivir. La idea me pareció inquietante cuando vi la película, quizá porque convierte en visible algo que nosotros preferimos no mirar demasiado: nuestra vida también se intercambia todos los días, solo que hemos puesto el dinero en medio y eso hace que la operación parezca distinta. Sin embargo, pensando en aquella compra hecha desde mi teléfono, descubrí que últimamente pareciera que estamos haciendo el negocio contrario. Ya no solamente trabajamos para conseguir dinero. Una parte de ese dinero la utilizamos para evitar gastar tiempo. Pagamos envíos, servicios, aplicaciones y comodidades que prometen devolvernos minutos. Hemos convertido el tiempo en algo que intentamos comprar constantemente, como si pudiéramos ir reuniéndolo en alguna cuenta invisible para utilizarlo después.
Lo hacemos casi sin darnos cuenta. Necesitamos una perforadora y, en lugar de tomar las llaves y salir a buscarla, sacamos el teléfono, comparamos precios y elegimos dónde puede llegar más rápido. Lo mismo hacemos con unos zapatos, un vestido, un regalo o prácticamente cualquier cosa: elegimos, pagamos y, si no funciona, devolvemos. Podemos estar acostados a las once de la noche, recordar que necesitamos algo y resolverlo moviendo un dedo sobre una pantalla. Mientras dormimos, alguien recibe el pedido, lo prepara y lo pone en camino hasta nuestra puerta. Durante siglos las personas tuvieron que ir hacia las cosas. Nosotros hemos conseguido que las cosas vengan hacia nosotros.
Con la comida ha ocurrido algo parecido. Hay días en que ya no tenemos que cortar, mezclar, esperar o siquiera pensar demasiado qué preparar. Abrimos el congelador y encontramos algo que puede estar listo en minutos. Si tampoco queremos hacer eso, abrimos otra aplicación y elegimos entre decenas de restaurantes. Mientras seguimos trabajando, viendo televisión, contestando mensajes o haciendo cualquier otra cosa, alguien cocina para nosotros y otra persona conduce hasta nuestra casa para entregarnos la cena. Hemos ido eliminando pequeñas esperas de casi todo. El banco cabe en el teléfono. Los recibos se pagan sin hacer fila. Una transferencia tarda segundos. Podemos reservar un hotel sin visitar una agencia, comprar un boleto sin acercarnos a una taquilla, pedir un taxi sin salir a buscarlo y conversar con alguien que está a miles de kilómetros sin esperar siquiera a que suene un teléfono fijo. Si una canción se nos antoja, la escuchamos en ese instante. Si queremos ver una película, no tenemos que esperar a que la transmitan. Si desconocemos algo, la respuesta aparece antes de que terminemos de formular la pregunta. Nunca habíamos tenido tantas herramientas creadas precisamente para evitar esperas.
Y, sin embargo, pocas veces habíamos vivido con tanta prisa.
Esa contradicción fue la que se quedó conmigo. Si tantas cosas que antes consumían una parte considerable de nuestros días ahora pueden resolverse en minutos, deberíamos ser una generación extraordinariamente descansada. Tendríamos que caminar despacio, desayunar sin mirar el reloj, sentarnos a conversar durante horas y llegar a todas partes con tiempo de sobra. Pero basta mirar cualquier mañana para descubrir exactamente lo contrario. Corremos para salir de casa, contestamos mensajes mientras hacemos otra cosa, escuchamos audios aumentando la velocidad porque hasta la voz de otra persona parece tardar demasiado, comemos mirando el teléfono, revisamos correos mientras esperamos un semáforo y nos desesperamos si una página tarda algunos segundos en cargar. Decimos constantemente que no tenemos tiempo. Lo repetimos como si alguien hubiera reducido misteriosamente las horas del día. No tuve tiempo. A ver si me da tiempo. Cuando tenga tiempo. Me faltó tiempo. Y me resulta curioso porque somos precisamente quienes más cosas hemos inventado para ahorrarlo.
Entonces volví a pensar en aquella hora que supuestamente había ganado haciendo el supermercado desde el teléfono. Intenté recordar qué había hecho con ella y no encontré nada especial. No había leído durante una hora. No había tomado café tranquilamente en el jardín. No había llamado a alguien con quien hacía tiempo quería conversar. Ni siquiera podía identificar dónde había quedado aquel tiempo. Seguramente se había repartido entre pequeñas cosas: contestar un mensaje, revisar algo pendiente, ordenar alguna habitación, mirar el teléfono, adelantar trabajo, resolver otra tarea. La hora que tan orgullosamente creí haber recuperado se había disuelto en el resto del día sin dejar rastro. Y entonces entendí algo: ahorrar tiempo y tener tiempo no son necesariamente la misma cosa.
Quizá ahí esté una de las paradojas de nuestra época. Hemos aprendido a ahorrar minutos, pero inmediatamente los volvemos a gastar. Cada espacio que conseguimos liberar parece convertirse en la oportunidad perfecta para colocar otra obligación. Si algo que antes requería dos horas ahora puede hacerse en veinte minutos, no utilizamos necesariamente la diferencia para descansar; muchas veces aprovechamos para hacer tres cosas más. Y cuando esas tres cosas también se vuelven rápidas, agregamos otras cinco. Hemos llenado de tal manera los huecos que nosotros mismos conseguimos abrir que cualquier momento vacío empieza a parecernos un desperdicio. Esperar cinco minutos sin hacer nada nos incomoda. Sacamos el teléfono. Una fila de diez minutos parece insoportable. Un semáforo largo nos desespera. Incluso descansar puede producirnos esa extraña sensación de que deberíamos estar haciendo algo más útil.
Tal vez por eso hemos comenzado a confundir aprovechar el tiempo con llenarlo.
No creo que el problema esté en pedir el supermercado ni en comprar unos zapatos desde una aplicación. Yo seguiré haciéndolo. Sería absurdo romantizar las filas, los estacionamientos llenos o las tardes enteras buscando algo que hoy podemos encontrar en unos minutos. Tampoco creo que antes viviéramos mejor solamente porque todo tardaba más. La tecnología nos ha regalado comodidades extraordinarias y nos permite resolver asuntos que antes podían consumir buena parte de un día. El verdadero asunto, al menos para mí, apareció después: ¿para qué quiero ahorrar ese tiempo? Porque si cada minuto que recupero lo utilizo inmediatamente para producir, resolver, contestar o preocuparme por algo nuevo, quizá no estoy comprando tiempo. Tal vez solamente estoy comprando la posibilidad de hacer más cosas durante las mismas veinticuatro horas.
Y hacer más no siempre significa vivir más.
Pensé entonces en algunas escenas que antes parecían una pérdida de tiempo y que ahora recuerdo con una nostalgia extraña. Acompañar a alguien a hacer una compra. Recorrer una tienda sin prisa. Esperar mientras preparaban algo. Sentarse a conversar después de comer porque todavía nadie tenía urgencia por mirar una pantalla. Ir por una cosa y regresar dos horas después porque en el camino apareció alguien conocido y hubo tiempo para detenerse. No quiero convertir el pasado en una postal perfecta porque seguramente también entonces nos quejábamos de esperar y de perder tardes enteras haciendo trámites. Pero quizá aquellas esperas tenían algo que ahora hemos ido borrando: obligaban a que existieran espacios entre una actividad y otra. Hoy podemos llenar prácticamente todos.
Hasta el aburrimiento parece haberse convertido en un lujo extraño. Antes había momentos en que no sucedía nada y uno tenía que quedarse ahí. Mirar por una ventana, escuchar el ruido de la casa, pensar cualquier tontería, hojear algo, conversar con quien estuviera cerca. Ahora basta sentir unos segundos de vacío para llevar la mano al teléfono. Siempre hay algo que ver, contestar, comprar, escuchar o revisar. Podemos evitar casi cualquier espera y quizá por eso hemos perdido un poco la capacidad de permanecer en un momento sin sentir que necesitamos ocuparlo.
Mientras pensaba en todo aquello me pareció curioso que pasemos buena parte de nuestra vida intentando conseguir exactamente lo que después no sabemos conservar. Trabajamos para poder pagar cosas que nos faciliten la vida. Pagamos para evitar traslados, filas, búsquedas y esperas. Compramos comodidad y, con ella, minutos. Después tomamos esos minutos y los llenamos hasta que vuelven a desaparecer. Y al final del día miramos el reloj sorprendidos porque otra vez se hizo tarde.
Quizá el tiempo tenga una característica que lo convierte en el negocio más extraño de todos: no se puede guardar. Podemos ahorrar dinero para el próximo año, conservar comida para mañana o comprar algo y utilizarlo meses después. Pero una hora que dejamos libre hoy no puede depositarse en ninguna cuenta para usarla cuando seamos mayores. No existe una alcancía donde guardar los cuarenta minutos que nos ahorró una aplicación, ni podemos acumular las horas que evitamos pasar en una fila para pedirlas de vuelta algún día. El tiempo que compramos solamente tiene valor mientras está ocurriendo. Si no decidimos qué hacer con él, simplemente se mezcla con el resto y se va.
Desde aquel día sigo haciendo compras desde el teléfono y buscando en internet aquello que necesito. No pienso renunciar a una comodidad que me evita vueltas, filas y horas innecesarias. Pero ahora me resulta inevitable pensar que cada una de esas facilidades viene acompañada de algo que casi nunca vemos: unos minutos que antes habríamos gastado de otra manera. Y quizá el verdadero asunto no sea hacer algo extraordinario con ellos. A veces bastará un café sin prisa, un rato en el jardín, quedarme con mis perros o simplemente permitir que durante un momento no haya nada pendiente. Porque tal vez el lujo de esta época no consista en conseguir que todo llegue más rápido, sino en recuperar un poco de tiempo sin sentir inmediatamente la necesidad de volver a llenarlo.
Seguramente seguiremos encontrando maneras de ahorrar minutos. Las entregas serán cada vez más rápidas y muchas cosas que hoy todavía nos toman tiempo mañana se resolverán con un dedo. Pero ninguna aplicación podrá decidir qué hacer con las horas que nos devuelve. Y quizá ahí esté la paradoja de este extraño negocio: hemos aprendido a comprar tiempo, pero seguimos gastándolo como si fuera infinito.