Adriana Cordero
La vida sin calificaciones
Tengo un recuerdo de cuando estaba por terminar el preescolar. No podría decir exactamente qué edad tenía ni explicar con qué criterios nos evaluaban entonces. Seguramente había muchas cosas que observaban en nosotros que yo, siendo una niña, ni siquiera alcanzaba a comprender. Lo que sí recuerdo es una hoja, algunas figuras y la indicación de copiarlas. Había que mirar cada una y tratar de reproducirla lo mejor posible. Algunas debieron resultarme sencillas porque no dejaron ningún recuerdo, pero había una que parecía haberse propuesto complicarme aquella pequeña evaluación: un rombo. Lo miraba, tomaba mi lápiz e intentaba dibujarlo, pero aquello nunca terminaba pareciéndose al modelo. No sé cuántas veces lo intenté ni qué habrá escrito la maestra después de comprobar que aquella niña era incapaz de hacer cuatro líneas inclinadas en el lugar correcto. Lo curioso es que tantos años después no recuerdo las figuras que sí pude hacer; recuerdo precisamente el rombo que no me salió. Afortunadamente, mi incapacidad para dibujarlo no tuvo consecuencias demasiado graves: llegué a la primaria.
Ahí descubrí que aquello de ser evaluada iba bastante más en serio. Aparecieron los exámenes, esas hojas que llegaban hasta nuestro pupitre y que de pronto parecían tener el poder de decidir cuánto habíamos aprendido. Había que escribir el nombre, leer cuidadosamente las preguntas y comenzar a responder. Después venía la espera y finalmente un número. Un cinco, un siete, un ocho, un diez. Y poco a poco aprendimos algo que iba mucho más allá de las matemáticas, la historia o la ortografía: aprendimos que había una manera de saber si lo estábamos haciendo bien. Si estudiábamos, contestábamos correctamente y cumplíamos con lo necesario, avanzábamos. Terminaba un grado y comenzaba otro. Después vinieron la secundaria, la preparatoria, la universidad y todas aquellas ocasiones en las que nuevamente había alguien del otro lado dispuesto a revisar lo que sabíamos. Cambiaron las materias, los profesores y la dificultad de los exámenes, pero la lógica permaneció prácticamente intacta: aprender, demostrarlo, recibir una evaluación y conseguir lo necesario para pasar al siguiente nivel.
Pasamos tantos años viviendo de esa manera que quizá nunca nos detenemos a pensar en lo extraño que resulta lo que viene después. Un día terminamos nuestra educación escolar y nadie vuelve a entregarnos una boleta. No hay un profesor esperando al final del año para decirnos cómo nos fue. Nadie nos entrega una hoja donde podamos leer: decisiones personales, ocho; administración del dinero, siete; paciencia, necesita mejorar; capacidad para poner límites, seis; elección de pareja, pendiente de revisión. Tampoco existe un examen que podamos presentar nuevamente para corregir aquello en lo que nos equivocamos. Simplemente comenzamos a vivir y, de pronto, todas aquellas respuestas que durante años estuvieron en los libros dejan de existir. Hay decisiones que debemos tomar sin saber cuál es la correcta y preguntas que pueden acompañarnos durante años sin que nadie venga a decirnos si finalmente encontramos la respuesta adecuada.
Quizá por eso los adultos inventamos nuestras propias calificaciones. Necesitábamos alguna manera de saber si seguíamos avanzando y comenzamos a convertir ciertas cosas en números imaginarios. El sueldo puede convertirse en una calificación. El puesto que ocupamos, en otra. Los títulos académicos, la casa que conseguimos, el automóvil que podemos comprar, los viajes, los reconocimientos y hasta la cantidad de cosas que hemos logrado antes de determinada edad empiezan a funcionar como una especie de boleta invisible. Miramos alrededor y hacemos comparaciones aunque nadie nos las haya pedido. Si alguien de nuestra edad parece haber conseguido más, por un instante sentimos que quizá vamos atrasados. Si alcanzamos aquello que durante mucho tiempo deseamos, sentimos algo parecido a haber aprobado un examen. Nos decimos que vamos bien. Que estamos haciendo las cosas correctamente. Que podemos pasar al siguiente nivel. Y lo curioso es que casi inmediatamente aparece otra materia que sentimos que tenemos pendiente.
Porque no solamente evaluamos lo profesional. Nos examinamos como mujeres, como hombres, como parejas, como madres, como padres, como hijos, como amigos. Nos preguntamos si estamos dedicando suficiente tiempo a nuestros hijos y, cuando se lo dedicamos, podemos preguntarnos si estamos haciendo suficiente por nosotros mismos. Queremos saber si hemos sido buenos padres, aunque no exista un examen capaz de medirlo. Nos cuestionamos si tomamos buenas decisiones, si escogimos correctamente a las personas que nos acompañaron, si debimos quedarnos más tiempo en algún lugar o habernos marchado antes. A veces revisamos nuestra propia vida como quien vuelve sobre un examen terminado buscando los errores: aquí debí haber contestado otra cosa, aquello pude hacerlo diferente, en esta decisión seguramente perdí algunos puntos. Y lo hacemos aun sabiendo que muchas de aquellas respuestas las dimos con la información, la edad, las circunstancias y la persona que éramos en ese momento.
Pero quizá hay algo todavía más curioso: no conformes con calificarnos a nosotros mismos, también nos convertimos en maestros de la vida ajena. Basta sentarnos alrededor de una mesa, encontrarnos con alguien o conocer una historia para que aparezca nuestro lápiz rojo imaginario. Ella debió divorciarse antes. Ella no debió casarse con él. Él tendría que haber cambiado de trabajo. Sus hijos deberían hacer esto. Aquella madre es demasiado permisiva. Aquella otra exige demasiado. Una amiga nos cuenta un problema y nosotros, desde la tranquilidad de no tener que vivirlo, encontramos la respuesta con una facilidad extraordinaria. Observamos relaciones desde afuera, decisiones cuyo contexto apenas conocemos y vidas de las que solamente hemos visto algunas páginas, y aun así repartimos aprobados y reprobados como si en algún momento de la adultez alguien nos hubiera entregado, junto con las llaves de nuestra casa y nuestras primeras responsabilidades, el solucionario completo de la existencia.
Tal vez lo hacemos porque mirar la vida ajena desde afuera siempre parece más sencillo. No sentimos sus miedos, no conocemos todas sus razones y tampoco tenemos que enfrentar las consecuencias de aquello que tan fácilmente aconsejamos. Desde nuestra banca el examen del otro parece facilísimo. La dificultad comienza cuando la pregunta lleva nuestro nombre. Entonces descubrimos que aquello que parecía evidente puede tener veinte respuestas posibles y que ninguna viene marcada con una palomita al final de la página. Incluso puede ocurrir que una decisión que hoy calificamos como equivocada, dentro de algunos años resulte haber sido necesaria para llevarnos a otro lugar. O que aquello que alguna vez consideramos nuestro mayor acierto termine enseñándonos precisamente a través del error. La vida tiene esa incómoda costumbre de no entregar los resultados inmediatamente.
También están nuestros hijos. Creo que pocas cosas deben hacernos sentir tan evaluados como ellos, aun cuando jamás hayan tenido intención de calificarnos. Uno puede preguntarse muchas veces si hizo suficiente, si estuvo cuando debía estar, si dijo las palabras correctas, si puso demasiados límites o demasiado pocos, si protegió de más o si debió proteger un poco más. Y no existe una ceremonia al final de la crianza en la que alguien entregue un diploma que diga: “Lo hiciste bien”. Los hijos crecen, toman sus propias decisiones, algunas nos gustan y otras quizá no, y durante un tiempo incluso podemos cometer el error de utilizar sus logros como parte de nuestra propia calificación. Si les va bien, sentimos que algo hicimos correctamente; si tropiezan, buscamos inmediatamente en qué pudimos habernos equivocado. Hasta que entendemos que ellos también están presentando su propio examen sin respuestas, igual que nosotros, y que llegará un momento en el que tendrán que escribir su vida con su propia letra.
Con los años he pensado que quizá una de las partes más difíciles de crecer consiste precisamente en aceptar que nadie sabe con absoluta certeza si lo está haciendo bien. Podemos tener experiencia, preparación, buenas intenciones y hasta una larga lista de decisiones acertadas, pero siempre aparecerá alguna situación nueva capaz de devolvernos frente a aquella hoja en blanco. La diferencia es que ahora ya no hay una maestra caminando entre los pupitres. Podemos preguntar, escuchar consejos, observar cómo lo hicieron otros e incluso buscar respuestas en todas partes, pero al final hay decisiones que solamente nosotros podemos contestar. Y después tenemos que vivir con ellas.
Quizá por eso deberíamos ser un poco más cuidadosos con las calificaciones que nos ponemos. Una mala temporada no significa una mala vida. Un matrimonio que terminó no necesariamente merece un cinco. Un proyecto que fracasó puede habernos enseñado más que otro que funcionó perfectamente. No conseguir algo a la edad en que imaginábamos conseguirlo tampoco significa haber llegado tarde. Podemos equivocarnos en una decisión y acertar en la siguiente. Podemos estudiar nuevamente, cambiar de profesión, comenzar un proyecto a los cincuenta, abandonar uno que dejó de hacernos sentido, reconstruir una relación o decidir que ya no queremos reconstruirla. Podemos tener un año extraordinario después de uno terrible y descubrir que algunas materias de la vida necesitan mucho más tiempo del que habíamos calculado.
Y quizá también podríamos guardar de vez en cuando ese lápiz rojo que utilizamos con los demás. Porque nadie nos nombró sinodales de la existencia ajena. Tal vez aquella mujer no se divorció cuando nosotros pensamos que debía hacerlo porque todavía no podía. Tal vez alguien se casó aun cuando todos le advirtieron que no lo hiciera porque necesitaba vivir su propia respuesta. Tal vez esos padres están criando con las herramientas que tienen. Tal vez esa persona que desde afuera parece haberse atrasado simplemente está recorriendo un camino distinto. Es muy fácil corregir un examen cuando no somos nosotros quienes estamos sentados frente a él.
A veces pienso en aquella niña intentando dibujar un rombo. Me gusta imaginarla concentrada, haciendo una línea y después otra, tratando de conseguir que aquello se pareciera a la figura que tenía enfrente. No lo logró. Seguramente hubo alguna marca en aquella evaluación que señaló que esa destreza todavía no estaba adquirida. Y, sin embargo, siguió adelante. Vinieron la primaria, los exámenes, las calificaciones, los estudios, los trabajos, las decisiones, los aciertos y también las equivocaciones. Nadie volvió a preguntarle por aquel rombo y la vida jamás necesitó que lo dibujara perfectamente para permitirle continuar.
Tal vez ahí estaba una lección que entonces era demasiado pequeña para comprender. No todo aquello que hacemos mal determina lo que viene después. Durante muchos años nos acostumbraron a pensar que primero había que aprobar para avanzar, pero la vida adulta funciona de una manera mucho más extraña: a veces avanzamos precisamente mientras nos equivocamos. Aprendemos después de contestar, entendemos cuando ya tomamos la decisión y algunas respuestas solamente adquieren sentido muchos años más tarde. Aquí no existe una boleta definitiva ni un promedio final que determine si aprobamos nuestra propia existencia. Quizá nunca sepamos con certeza qué calificación merecemos como padres, como hijos, como pareja, como profesionistas o simplemente como personas. Y quizá eso no sea una falla del sistema. Tal vez sea la libertad de vivir sin estar permanentemente intentando sacar diez.
Porque después de tantos años de exámenes, hay algo que apenas estamos aprendiendo: la vida no siempre necesita que la aprobemos. Necesita que la vivamos.





