Adriana Cordero
Un otoño para cada vida
Tengo la sospecha de que mi estación favorita siempre es la que está por llegar. Cuando llegan los primeros días cálidos aseguro que me encanta la primavera; en cuanto el verano empieza a alargar las tardes recuerdo que siempre he tenido una debilidad por él, y basta con que caigan las primeras gotas de una buena lluvia para convencerme de que no existe nada que disfrute más. Soy poco confiable cuando se trata de elegir una estación favorita. Pero quizá no sea indecisión. Tal vez he aprendido a quererlas por separado, porque cada una llega con algo que las otras no tienen. Y ahora que el otoño volvió a aparecer en el calendario, empiezo a pensar que esta estación tiene una manera muy particular de hacerse notar. No necesita llegar haciendo demasiado ruido. Basta una mañana ligeramente más fría, una tarde en la que oscurece antes de lo esperado o esa primera hoja seca que cruza la banqueta empujada por el viento para anunciarnos que algo está cambiando. Entonces aparecen los colores que parecen haber esperado todo el año para salir: amarillos, ocres, cafés, naranjas y rojizos que van apoderándose lentamente del paisaje. El aire se vuelve distinto. Las tardes empiezan a pedir mangas largas y las manos agradecen otra vez el calor de una taza. Regresan los antojos de café recién hecho, chocolate caliente, pan tibio y todas esas cosas que saben mejor cuando afuera comienza a sentirse un poco de frío.
Hay algo en el otoño que despierta los sentidos. Me gusta escuchar las hojas secas cuando alguien las pisa; ese pequeño crujido que parece acompañar los pasos. Me gusta verlas amontonadas en las esquinas y después observar cómo una ráfaga de viento vuelve a levantarlas, como si todavía quisieran jugar un rato antes de quedarse definitivamente en el suelo. Me gustan las tardes en las que el sol entra de lado por las ventanas y pinta las habitaciones con una luz más amarilla, más tranquila. Me gusta sentir una taza caliente entre las manos y acercarla al rostro antes de beber, dejando que el vapor llegue primero y traiga consigo el olor del café, de la canela o del chocolate. Me gustan esas mañanas en las que el aire frío toca la cara pero todavía no lastima, apenas avisa que tendremos que empezar a buscar la abrigadora que permaneció guardada durante meses. Y sí, seguramente cuando llegue el invierno también encontraré razones para decir que me encanta. Pero hoy es otoño y quiero concederle su turno.
Hace unos días encontré una frase que decía que el otoño llega para recordarnos que las cosas tienen que terminar para poder comenzar de nuevo. La leí rápidamente, como leemos tantas cosas mientras pasamos una pantalla con el dedo, pero esta vez regresé. La volví a leer. Después miré por la ventana y pensé en los árboles. Qué extraño que una estación que asociamos con tanta belleza esté construida precisamente alrededor de algo que termina. Las hojas cambian de color porque están llegando al final de su ciclo. Después se desprenden. Caen. El árbol queda desnudo y durante algún tiempo puede parecer incluso más triste que antes. Sin embargo, nadie mira un árbol en otoño y piensa que fracasó porque perdió sus hojas. Nadie corre a pegárselas nuevamente a las ramas. Sabemos que tienen que caer. Confiamos en que ese árbol seguirá ahí cuando termine el frío y que, llegado su momento, volverá a llenarse de hojas verdes.
Quizá porque conocemos las estaciones podemos aceptar con facilidad lo que sucede con los árboles. Con nuestra propia vida es diferente. A nosotros nos cuesta muchísimo más reconocer cuándo algo cumplió su tiempo. Nos aferramos a personas, trabajos, lugares, costumbres, planes y hasta versiones de nosotros mismos simplemente porque alguna vez fueron importantes. Queremos conservarlas verdes aunque ya hayan comenzado a cambiar de color. Nos asusta la rama vacía. Nos incomoda el espacio que queda cuando algo desaparece y, muchas veces, interpretamos ese vacío como una pérdida definitiva cuando quizá solamente estamos atravesando una estación distinta. He pensado en cuántas cosas de mi propia vida intenté sostener un poco más de lo necesario por miedo a lo que vendría después. Cuántas veces creí que terminar algo significaba haber fallado, cuando hoy puedo mirar hacia atrás y descubrir que algunos finales fueron precisamente los que hicieron posible todo lo que vino después.
Creo que hay finales que duelen, por supuesto. Sería demasiado fácil romantizarlos y decir que todo aquello que termina inmediatamente abre una puerta maravillosa. No siempre ocurre así. Algunas hojas caen y durante un tiempo solo queda el árbol desnudo. Hay etapas en las que no sabemos qué sigue. Terminamos una relación y todavía no conocemos a la persona que seremos después de ella. Dejamos un trabajo sin saber exactamente dónde volveremos a sentirnos útiles. Los hijos crecen y de pronto tenemos que descubrir quiénes somos cuando ya no necesitan de nosotros de la misma manera. Nos mudamos, cambiamos de ciudad, dejamos amistades atrás, modificamos planes que alguna vez parecían definitivos. Incluso hay sueños que un día dejan de pertenecernos y cuesta reconocer que ya no deseamos aquello que durante años juramos querer. Entre lo que termina y lo que empieza existe un espacio extraño en el que todavía no tenemos respuestas. Quizá esa sea nuestra versión del invierno: ese tiempo en el que aparentemente no está ocurriendo nada, aunque debajo de la superficie la vida ya esté preparándose para lo siguiente.
Con los años he descubierto que mi vida está llena de cosas que alguna vez pensé que serían permanentes y no lo fueron. Personas con las que imaginé compartir muchos más años, lugares en los que creí que viviría siempre, trabajos que ocuparon mis días durante una época, rutinas que parecían inamovibles, preocupaciones que entonces me quitaban el sueño y que hoy apenas consigo recordar. También hubo versiones de mí que pensé que serían definitivas. La mujer que fui a los veinte estaba convencida de algunas cosas que la de hoy ya no cree. La de los treinta tenía planes que cambiaron. Otras versiones de nosotros llegaron después y seguramente la que somos hoy tampoco será la última. Y cuando lo pienso así, me parece curioso cuánto nos empeñamos en exigir permanencia a una vida cuya única promesa parece ser precisamente que seguirá cambiando.
Quizá por eso ahora entiendo de otra manera las hojas que caen. No las veo solamente como algo que el árbol pierde. Pienso también en el espacio que dejan. Una rama no puede recibir hojas nuevas mientras intenta conservar para siempre las anteriores. Y nosotros tampoco podemos comenzar algunas cosas mientras seguimos ocupando las manos en sostener otras que ya terminaron. Hay momentos en los que avanzar no consiste en hacer más, sino en permitir que algo se vaya. A veces es una persona; otras, una expectativa, una culpa, una costumbre, una forma de pensar o incluso esa idea de cómo suponíamos que debía verse nuestra vida a determinada edad.
No siempre he sabido hacerlo. También he querido regresar a recoger algunas hojas. He pensado demasiado en lo que habría sucedido si hubiera tomado otra decisión, si determinada historia hubiera continuado, si alguien se hubiera quedado, si yo hubiera permanecido en algún lugar. Supongo que todos lo hacemos alguna vez. Miramos hacia atrás y nos preguntamos cómo sería nuestra vida si una sola cosa hubiera ocurrido de otra manera. Pero después observo todo lo que nació precisamente porque otras cosas terminaron y comprendo que resulta imposible separar una cosa de la otra. Algunos comienzos llegaron disfrazados de finales y tardé mucho tiempo en reconocerlos.
Eso no significa que tengamos que alegrarnos cada vez que algo termina. Hay hojas que quisiéramos conservar para siempre. Personas, etapas y momentos a los que regresaríamos sin pensarlo si la vida nos permitiera visitarlos durante un rato. Terminar también puede significar extrañar. Pero quizá aceptar un final no consiste en dejar de querer aquello que se fue, sino en comprender que haber sido importante no obliga a algo a durar eternamente. Hay cosas cuyo valor no depende de su permanencia. Una etapa puede haber sido maravillosa y aun así terminar. Una relación puede haber contenido amor y llegar a su final. Una amistad puede habernos acompañado durante años y después tomar otro camino. Un lugar puede haber sido nuestro hogar y dejar de serlo. Que algo termine no borra lo que significó mientras estuvo.
Tal vez por eso el otoño consigue ser hermoso mientras nos habla de despedidas. No intenta esconderlas. Las pinta de colores. Nos obliga a caminar sobre ellas, a escucharlas crujir bajo nuestros zapatos y a mirar cómo el viento se las lleva. Nos recuerda que soltar también forma parte de estar vivos. Y mientras nosotros admiramos el paisaje, los árboles hacen algo que todavía me cuesta aprender: no corren detrás de lo que cae.
Esta tarde podría prepararme algo caliente, acercarme a una ventana y seguramente volvería a pensar que el otoño es una de mis estaciones favoritas. Quizá dentro de algunos meses diga exactamente lo mismo del invierno, y cuando aparezcan las primeras flores defenderé apasionadamente la primavera. No importa. Cada estación tiene derecho a enseñarme algo diferente. Hoy quiero quedarme con esta: con sus hojas secas, sus tonos cálidos, sus tardes más cortas y ese olor imaginario a café que parece acompañar mejor los días frescos.
A veces pienso que la vida también está hecha de estaciones y nosotros insistimos demasiado en querer vivir siempre en primavera. Queremos florecer todo el tiempo, tener certezas, conservar personas, sentirnos completos, saber hacia dónde vamos. Pero también necesitamos nuestros otoños: épocas para reconocer qué cumplió su ciclo, agradecer lo que nos dio y permitirle caer. Y necesitamos incluso esos inviernos en los que parece que nada nuevo está ocurriendo, porque no todo crecimiento necesita ser visible.
Ahora, cuando vea una hoja desprenderse de un árbol, quiero intentar recordarlo. No todo lo que cae está perdido. No todo lo que termina fue un fracaso. No todo espacio vacío necesita llenarse inmediatamente. Algunas veces solamente estamos entre una estación y la siguiente.
Y quizá crecer consista también en aprender a confiar un poco más en esos tiempos. En dejar de correr detrás de cada hoja que cae y comprender que algunas cosas llegaron para acompañarnos una temporada, no para quedarse durante toda la vida. Agradecerlas, conservar lo que dejaron en nosotros y seguir adelante sin arrancarle al árbol aquello que ya estaba dispuesto a soltar.
Después de todo, el otoño no le promete al árbol que ninguna hoja volverá a caer. Le recuerda algo mucho más importante: que quedarse sin ellas por un tiempo nunca significó quedarse sin vida. Quizá por eso me gusta tanto mirarlos cuando comienzan a quedarse desnudos, firmes en el mismo sitio mientras el viento termina de llevarse lo que ya estaba suelto. Desde afuera pareciera que han perdido algo; sin embargo, siguen ahí, sosteniéndose con raíces que nadie ve. Y pienso que nosotros también atravesamos momentos así, temporadas en las que no tenemos mucho que mostrar, en las que algo que formaba parte de nuestro paisaje dejó de estar y todavía no sabemos qué ocupará su lugar. Tal vez no tengamos que saberlo de inmediato. Tal vez baste con permanecer, con confiar en aquello que sigue vivo aunque por un tiempo no pueda verse. Porque algunas veces volver a empezar no se parece a abrir una puerta, hacer planes o correr hacia algo nuevo. A veces comienza de una manera mucho más silenciosa: cuando finalmente entendemos que hay cosas que pueden terminar, personas que pueden irse y etapas que no volverán, sin que eso signifique que nuestra historia terminó con ellas. Quizá de eso se trate aprender a vivir nuestros propios otoños: de aceptar que podemos perder algunas hojas sin perder el árbol entero y recordar que, mientras sigamos aquí, siempre habrá una nueva estación que llegará para traernos algo que todavía no conocemos.






