La medición de la seguridad no se debe medir a través de un solo indicador
Por: Claudia Anaya Mota
En materia de seguridad, las cifras importan. Una reducción en el número de homicidios es, sin duda, una noticia que debe reconocerse, pero gobernar la seguridad de un estado exige mirar más allá de las estadísticas y observar también la naturaleza de la violencia, la capacidad de las organizaciones criminales y los recursos que utilizan para desafiar a las instituciones.
Por eso, los hechos ocurridos hace unos días en diversas regiones de Zacatecas, donde se usaron artefactos explosivos contra elementos de seguridad y que dejaron también a civiles heridos y que provocaron el miedo entre la población, merece toda nuestra atención.
No es un dato menor. El uso de explosivos constituye una expresión particularmente preocupante de la evolución de la violencia. Significa que las organizaciones criminales no solamente disponen de armas de fuego, sino que recurren a mecanismos con un potencial destructivo y letal considerablemente mayor.
Cuando esos recursos son utilizados contra elementos de seguridad, el mensaje es todavía más grave: estamos ante grupos que buscan desafiar directamente la capacidad del Estado para ejercer autoridad y garantizar el tránsito y la seguridad de la población.
La seguridad no puede evaluarse únicamente preguntando cuántos homicidios hubo. También debemos preguntarnos cómo se están cometiendo los delitos, qué capacidad tienen quienes los cometen y qué tan letales son los medios que utilizan.
Cuando una carretera tiene que ser cerrada, cuando los hogares son dañados por ondas expansivas como consecuencia de una agresión con explosivos, la violencia trasciende a quienes participan directamente en ella. Afecta la movilidad, genera temor y altera la vida cotidiana de personas que nada tienen que ver con el crimen organizado.
Por eso, el debate sobre seguridad debe ser más amplio. La respuesta del Estado no puede limitarse a contener el incidente inmediato. Debe existir una investigación profunda que permita conocer el origen de esos artefactos, quiénes los utilizaron, qué capacidad logística existe detrás de ellos y, sobre todo, qué medidas se están tomando para evitar que este tipo de agresiones se convierta en una práctica recurrente.
También es indispensable proteger a quienes están en la primera línea. Los policías, soldados, elementos de la Guardia Nacional y demás integrantes de las instituciones de seguridad enfrentan diariamente riesgos extraordinarios. Si los grupos criminales incrementan la letalidad de sus armas, las instituciones deben incrementar también sus capacidades de inteligencia, prevención, equipamiento, coordinación y reacción.
Ese es el verdadero desafío. Zacatecas merece una discusión de seguridad que no esté atrapada entre triunfalismos y alarmismos. Necesita información precisa, instituciones fuertes y una estrategia capaz de responder a la transformación permanente del crimen organizado.
Si el discurso oficial habla de una entidad que avanza hacia mejores condiciones de seguridad, los hechos deben demostrarlo no solamente en las estadísticas, sino también en la capacidad del Estado para impedir que el crimen organizado eleve el nivel de violencia.
Nuestra tranquilidad llegará cuando podemos recorrer nuestras carreteras sin miedo y cuando ningún grupo criminal tenga la capacidad de convertir una vía federal en escenario de una agresión con explosivos.
Senadora de la Repùblica





