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“ELLA SE RECOGÍA EL CABELLO”

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“ELLA SE RECOGÍA EL CABELLO”

Por LA MADA (Magdalena Edith Carrillo Mendívi

Se recogió el cabello, como lo hacía cada mañana desde que aquella estilista innovadora y de vanguardia, decía su publicidad, se lo desgració, si se lo dejaba suelto parecía que traía un nido pegado en la nuca. Se miró en el espejo y se volvió a quejar de ese dolor que la tenía mal, codo de tenista le decían, ella pensaba, idiotas, si en su vida había sido capaz de cachar siquiera una pelota playera. Se sintió mareada y llamó al doctor para hacer cita esperando que la asistente, la flaca, le decía él, le dijera que no tenía lugar, tan solo de pensar en pagar el costo de cada consulta se le quitaba el dolor. El universo escuchó su plegaría, en cierto modo… era domingo. Se recostó, se tomó lo habitual y se quedó nuevamente dormida.

Armida era una mujer joven, mucho más joven de lo que ella pensaba, los años le pasaban rápido y perdió la cuenta de ellos. Un año cronológico eran 3 o 4 años para Armida, a veces podían ser hasta 5, en una ocasión fueron 10, estar demasiado tiempo con uno mismo hace que sucedan las cosas rápido, que sucedan muchas cosas dentro de nuestra cabeza, hace que uno se crea lo que se piensa, aunque no se viva. Por esta razón ella se sentía vieja y cansada, sobre todo cansada.

Las amigas de su edad y su generación comentaban que era extraña, se veían frecuentemente, Armida gozaba mucho de las reuniones y fiestas, aunque no lo pareciese. Ella rara vez participaba de las conversaciones y si lo hacía era con monosílabos, siempre escuchaba atentamente, tampoco sonreía mucho, sin embargo “el muy dentro de ella”… se divertía. No dejaban de invitarla, llevaba buena música y hacía un dip de receta tan especial que nunca nadie se atrevía a preguntar que contenía además de llegar, invariablemente con una botella de buen tinto, ella solo tomaba agua.

Nadie sabía si Armida tenía familia, alguien comentó que era huérfana de madre pero era todo lo que sabían, en realidad a nadie le interesaba conocer mucho de la familia del otro, a esa edad ese no es un tema de interés. Siendo sinceros, a ella no parecía importarle tampoco mucho el tema.

Le gustaba soñar, en sus sueños le salían las palabras tan fácil como las fabricaba en su mente, en el mundo de los despiertos las palabras se atoraban en su lengua y tenía que hablar muy lento, para no tartamudear. Todas las ideas se amontonaban tras su frente y tenía que escribirlas antes que salieran corriendo por sus orejas y se volvieran pensamientos amorfos, sin sentido.

Mientras soñaba tenía diálogos eternos con múltiples personas y podía tomar tinto de una hermosa copa cristalina mientras expresaba sus opiniones, tan ecuánimes y claras que a veces, se despertaba intencionalmente en la madrugada para escribirlas y no dejarlas perder en la bruma del olvido del día siguiente.

El dolor del brazo cesó gracias al sueño reparador y se levantó. Tomó su bolsa y salió esperando encontrarse con aquel muchacho que se sentaba en la banca del parque, estaba segura, esta vez vencería su timidez, lo seguiría y conversaría con él, le contaría que era tartamuda y él lo entendería… hoy estaba segura de ello.

Llegó al parque y el banco estaba solo, con el frio que hacía ella era la única trastornada a la que se le ocurriría salir, y menos en domingo. Mejor, pensó, aún tenía miedo de encarar a ese muchacho solitario y lleno de silencio, igual que ella. Cerró los ojos y comenzó a platicar con ella misma, de pronto se dio cuenta que estaba riendo, riendo a carcajada suelta, abrió los ojos y apenada miró a su alrededor esperando que nadie la hubiese visto, giró su cabeza y al momento de cerrar los 180° se topó cara a cara con él, el muchacho estaba sentado a su lado y la estaba observando con una hermosa sonrisa. Armida estuvo a punto de levantarse y huir, como solía hacerlo, sintió ese sabor tan amargo que siempre le provocaba sentirse ridícula, sin embargo el dolor del brazo se tornó tan fuerte que le fue imposible alzarse de la banca. El muchacho la miró y sin hablar señaló su brazo y giró las manos con ese gesto tan conocido, como para decir “que sucede”. Armida respiro profundamente, lentamente y tartamudeando ligeramente le dijo cuanto le dolía el brazo. El muchacho se llevó su dedo índice al oído y después lo agitó como cuando se dice “no”. Armida sonrió lo vio fijamente a los ojos y comenzó a hablar con las manos, como lo hacía en la soledad de su habitación frente al espejo. El respondió de misma manera y así, en silencio, comenzaron a conversar. Armida nunca se había sentido tan escuchada como aquella mañana fría de domingo, cuando sin apenas darse cuenta, le dejó de doler el brazo.

Final silencioso gritando palabras ya dichas…

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